Jardines Transportables

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Maria Santi  desde la poética de la pintura redefine el jardín y sus modos de representación iconográfica. Sus obras se despliegan desde la huellas delicada del pincel  y el color como un Sumi - e contemporáneo, sus obras crean una vegetación orgánica y expande el soporte a los mejores territorios de la instalación. Sus dibujos sobre superficies refractantes crean una forma inédita de representar la complejidad de las morfologías crecientes en la botánica. Del papel y la pintura al metal de sus escultóricas piezas de corte neto crean una atmósfera de bosque encantado, un paraíso de flores de plata.

Fabiana Barreda, 2013

 

Blanco sobre blanco, capa sobre capa. Lo conocido y lo extraño.

Naturaleza viva, en blanco.

Paisaje selvático monocromático.

Exhuberancia y sobriedad al mismo tiempo.

La obra de María Santi se muestra seductora e intrigante a la vez.

 

A través de trazos y diseños que podrían remitir a un interés puramente ornamental, la artista nos invita a entrar en un espacio lleno de posibilidades. Sus trazos son como senderos, son líneas curvas para recorrer.

A medida que se va ingresando en ella, se pueden detectar algunas formas, unas más otras menos visibles. Algunas están incompletas o dos figuras hasta pueden compartir ciertos trazos y fundirse entre sí. Pájaros y flores se confunden, rara vez está cada forma completa. Lo que había parecido una flor era un pájaro, o no. Y aquello que a primera vista el espectador podría haber identificado como algo conocido puede terminar resultando totalmente desconocido a sus ojos.

De este modo, pasada esa instancia inicial en la que María pone el acento en el aspecto decorativo de su obra, aparece otro mucho más salvaje que nos toma por sorpresa. Salvaje por lo frondoso de la imagen a pesar del blanco; salvaje por lo tupido del follaje; salvaje por lo confuso de las formas; salvaje por la diversidad de texturas logradas tan solo mediante la carga matérica; pero, sobre todo, salvaje porque a medida que se avanza aumenta una inquietante sensación de extrañeza.

La imagen de un entorno natural que nos ofrece la artista es definitivamente una imagen ambigua, lo que se acentúa por estar realizada exclusivamente a través de medios y materiales sintéticos. Balanceándose una y otra vez entre este par de opuestos y ordenando los elementos que componen su obra según una intención compositiva más que por el modelo natural, María recrea y crea a la vez. Recrea un  ámbito a simple vista familiar, mientras crea uno totalmente distinto, que pareciera distanciarse de cualquier experiencia previa que se haya podido tener. A veces, hasta el orden de la imagen puede invertirse, lo que a su vez se traslada a que el peso visual también se invierta, reforzando aún más esa sensación.

La utilización del blanco como color básico y casi único refuerza esa impresión de estar frente a una pieza decorativa, “fácil de digerir”. Sin embargo, este registro cromático es clave en la percepción de la obra en su totalidad: de no ser monocromática la obra parecería naturalista y, de parecer naturalista, condicionaría al espectador a una lectura de mucha menor profundidad de la que de hecho tiene.

Por todo esto, entre la casi total monocromía del blanco y la calidad sintética de los materiales, podría verse como si la obra de María congelara la cualidad orgánica de esa primera imagen inspiradora, manteniendo la suntuosidad en las formas pero no en las texturas, que se tornan más duras, brillantes y frías, relacionadas con la calidad sensorial de lo plástico. En la combinación de formas, colores y texturas, la artista pareciera elegir reducir su abanico de opciones (paleta de colores reducida, todos materiales sintéticos, todas formas orgánicas) sólo para demostrar combinaciones infinitas al lograr, a pesar de ello, una obra de alto atractivo visual.

La artista realiza su trabajo capa sobre capa, su procedimiento pareciera centrarse en la superposición, tanto de imágenes y tramas en un mismo soporte como de diferentes soportes transparentes entre sí. Pero también hay otros puntos que se superponen, como sus ideas e intereses (lo ornamental, lo sensorial), que se ven reflejados en el tipo de factura entre una pieza y la otra. Es por eso que su obra puede apreciarse del mismo modo, revelando diferentes niveles de profundidad a medida que se la contempla. Es que María ofrece un paisaje no sólo a la vista sino a la totalidad de los sentidos. La entera se puede recorrer, aún detenido frente a ella el espectador podría sentir como si adentrara casi físicamente en ese paisaje lleno de fantasía y dramatismo.

Así María Santi convoca al espectador, a través de su trabajo (atractivo, provocador, que pareciera hasta poder atraparnos), a soltar la seguridad de los puntos de apoyo de todo aquello que resulta reconocible y cómodo para dejarse llevar por un recorrido (o unos recorridos, ya que son infinitos) guiado más por las sensaciones que por las imágenes que observar.

Su obra podría parecer un engaño: uno se acerca a ella atraído por la belleza de la imagen, se deja seducir a través de formas y texturas y de golpe se encuentra con la incertidumbre de no saber qué es lo que se revelará a continuación.

De todos modos, por este medio María vuelve a basar la percepción en la sensorialidad. Más allá de la imagen, los materiales, los colores, la artista logra remitir al espectador a esa sensación de lo sublime que despierta todo lo que es más grande que nosotros y nos supera, esa sensación anestesiada por la urbanización y por la idea del progreso llevado a cabo por el hombre. María demuestra así que, aún con elementos de fabricación industrial, hay mucho más allá en lo natural que el hombre desconoce y, sobre todo, que no sabe si en algún momento conocerá.

 

Florencia Sabá, diciembre de 2010